martes, 23 de octubre de 2012

Abrirle las puertas a un extraño

24 de octubre de 2012

Una de las primeras advertencias que nos hacen nuestros padres cuando somos pequeños es: “nunca le abras la puerta a un extraño”, pero yo creo que si ese extraño tiene cuatro patas, hocico y rabo, mucho pelo y ladra, claro que le abriría la puerta.
De hecho, cuando era niña quería que mis padres me dejaran adoptar a cada perro que nos encontrábamos en la calle. Fue justo ese sueño de mi infancia, él que me hizo creer que tomar la decisión de adoptar a una mascota sería muy sencillo, pero estaba equivocada.

Hace un año, cuando regresé de un viaje escolar a los Ángeles, California, esperaba emocionada a que mi madre abriera la puerta de la casa, para volver a ver a mi perrita Penny, de doce años. Desde afuera podía escuchar sus ladridos, pero hubo uno en particular que desentonó en esa melodía de bienvenida, un ladrido agudo y chillón que desconocí por completo. De inmediato supe que ese ladrido no era de Penny, y lo único que pude exclamar, en ese estado de shock, fue: “¡¿compraron otro perro mientras yo no estaba?!”. Mi madre ignoró mi reproche y continuó abriendo la puerta. Cuando entramos a la casa, mi hermana me esperaba con una cachorrita de pelo corto y blanco con manchas amarillas. Recuerdo que al verla tuve sentimientos encontrados; por un lado me parecía hermosa y muy tierna, y quería cargarla y abrazarla; pero por el otro lado, me sentía algo renuente a tenerla, porque no sabía nada de ella, no la había visto llegar a casa, y la sorpresa fue abrumadora.
Unos meses antes de irme de viaje, mi hermana y yo habíamos meditado acerca de conseguir otra perrita, que le hiciera compañía a Penny, pero acordamos que esperaríamos a que regresara del viaje, para que yo pudiera estar presente en su llegada y pudiera disfrutar de cada nuevo momento.

Cuando meditamos acerca de ello, primero analizamos nuestras posibilidades económicas y nuestra disposición de tiempo, porque una nueva mascota conlleva comprar más alimento, más vacunas, pagar más cortes de pelo, y visitas al veterinario; también conlleva horas de juego, paseo, atención, etc., etc.   Con base a los dos puntos anteriores, y al espacio con el que contamos en casa, decidimos que una raza pequeña era la más conveniente, para nuestras posibilidades.
Desde el principio supimos que queríamos a una hembra, así que nos dimos a la tarea de buscar perritas pequeñas. Nuestro siguiente punto a debatir fue si la compraríamos o la adoptaríamos. Comprarla significaba gastar más dinero, y contribuir a la sobrepoblación de perros que hay en nuestra ciudad, porque, de acuerdo con Pedro Cano Celada, presidente de la Federación de Asociaciones y Colegios de Médicos Veterinarios, “hay un perro por cada siete habitantes, por lo que actualmente se clasifica como plaga”.Y adoptar es brindarle un hogar a un perro que ha sufrido maltrato y/o abandono, pero  también significa adoptar a una mascota que tuvo una vida antes de estar contigo, que ya desarrolló su carácter con base a ésa, y de la cual desconocerás su origen y sus primeros años o meses de vida.
Al final, habiendo superado nuestros prejuicios, decidimos que lo mejor era adoptar, pues era la opción más caritativa y más económica.  

Pero ahora que ésta nueva perrita estaba en la casa, me sentía molesta de no haber estado en el proceso de selección, y en el de ponerle un nombre. Además, me resultaba extraño saber que había toda una etapa de su vida, antes de su llegada, que desconocíamos. Las preguntas: ¿quiénes fueron su primera familia? ¿Por qué la abandonaron? ¿La habrán querido mucho o la habrán maltratado? ¿Por qué esta perrita le tenía miedo a los ruidos fuertes? Etc. rondaban mi mente.
De momento decidimos darle una oportunidad, y probar ésta nueva experiencia de la adopción. Poco a poco la fuimos conociendo mejor. Mi madre, tiernamente, la nombró Pipeca, que significa “Pinche Perra de la Calle”, en honor a su origen. Descubrimos te tiene la personalidad de un zorro con piel de oveja, es decir, luce inofensiva pero le gusta destruir todo a su paso; también descubrimos que le encantaba hacer sus necesidades en cualquier lugar de la casa, y comer croquetas como si no hubiera un mañana. Luego comenzamos a encariñarnos más y más con esa fierecilla, y se convirtió en una gran amiga y en mi consentida... sin importar su raza, ni su origen.
Después de ese largo periodo de adaptación, aprendí que lo importante es el presente. Ahora esta perrita es parte de nuestra familia, y tenemos que esperar a que termine de adaptarse a su nuevo hogar, y le tenemos que brindar el amor y los cuidados que antes no pudo tener.



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